DÉBORA
FUE LA PRIMERA JUEZA DE LA HISTORIA EN OCCIDENTE, HACE 3.135 AÑOS
Débora, la primera jueza de
la historia del mundo occidental. Es decir, hace 3.130 años contando atrás
desde este año. Cuando el pueblo de Israel llegó a la “tierra prometida” empezó
a ser gobernado por los Jueces. En esa época y tal y como aparece escrito en la
Biblia, en los capítulos IV y V del Libro de los Jueces, Débora asumió su nuevo
cargo, ejerciendo un liderazgo impensable en aquellos tiempos para una mujer.
Unos tiempos en los que los
hombres tenían todas las responsabilidades sociales y religiosas. Las mujeres
no contaban. Pero Débora supo hacerse respetar. Más tarde sería llamada “la
madre de Israel”. Era una mujer hábil y muy inteligente. Como juez,
administraba justicia, sentada bajo una palmera, entre Rama y Betel, y ayudaba
a la gente con sus diferencias tribales y problemas familiares. Su función basculaba
entre la de una “mujer buena”, una mediadora, un juez de paz de nuestro tiempo
y, cuando las cosas eran gordas y serias, un juez al uso. Por aquel tiempo, la
división de poderes ni existía ni se la esperaba, y la democracia era un
concepto alienígena al ser humano. Débora hacía bien su trabajo. Resolvía los
pleitos que le presentaban sus conciudadanos, y aunque la parte perdedora no
quedaba contenta, contribuía a la paz social de forma determinante. Pero Débora
hacía más que juzgar. También podía “ver” los peligros que acechaban desde el
futuro. Poseía el don de conocer el futuro. Lo que hoy denominamos “videncia”.
En una ocasión percibió una grave amenaza. Los cananeos, los habitantes de la
tierra de Canaá, como hasta la llegada de los israelias se denominaba lo que
más tarde éstos bautizaron como Israel y después se ha conocido como
Palestina, veían a los israelitas como
unos intrusos y unos invasores de sus tierras. Estaban determinados a borrar al
pueblo de Israel de la faz de la tierra y a recuperar lo que consideraban suyo,
por derecho de posesión. La juez Débora se movilizó a toda velocidad y
encomendó al militar Barac que reuniera un gran ejército entre las
tribus de Israel e hiciera frente a los cananeos. Además, le profetizó que Dios
les daría la victoria. El general Barac, que no se creía mucho lo de la
videncia de Débora, le contestó positivamente, pero le puso como condición que
le acompañara en la batalla. Sin ponérselo en palabras, le dejó claro que, si
fallaba en su pronóstico, morirían los dos. Débora accedió sin titubear. Y para
demostrarle que ella no era ninguna echadora de cartas de pacotilla al uso, le
profetizó algo muy concreto: “Al general Sísara, líder de los cananeos, no lo
matará tu espada. Lo hará una mujer”. Barac le contestó con una mirada de
incredulidad suprema. El militar no le dio la menor importancia y se entregó a
la preparación del ejército israelita que debía librar la batalla. Semanas más
tarde tuvo lugar la batalla. Barac y sus hombres se enfrentaron a los cananeos.
Como profetizó Débora, les dieron “una manita”. La derrota fue estrepitosa.
Sísara huyó a toda velocidad para salvar la vida. En su fuga encontró una
tienda, la tienda de Jael, esposa de Heber Ceneo. Los dos pertenecían al pueblo
de los recabitas, que convivieron armónicamente con los israelitas en Canaá,
como también lo hicieron con los cananeos. El general estaba agotado, después
de horas batiéndose el cobre frente a sus enemigos. Por eso le pidió a la mujer
un poco de agua y cobijo para descansar y recuperar fuerzas. No temió ni
sospechó nada. La mujer no era judía. Por lo tanto, no la consideraba enemiga.
Al contrario. Jael, primorosa en el trato, le dio leche y le llevó sobre una
mullida alfombra. Luego le cubrió con una manta y le dejó dormir. Cuando había
alcanzado un sueño profundo, Jael se acercó al general Sísara y le clavó una
estaca en la cabeza, de las que utilizaban para sujetar las tiendas, quitándole
así la vida. De esa forma se cumplió la profecía de la jueza Débora: “El
enemigo no morirá por la espada de Barac sino a manos de una mujer…”. Desde
entonces el pueblo israelí entona el Cánto de Débora, uno de los pasajes más
antiguos de la Biblia (Jueces 5:23-27, en el Antiguo Testamento) que viene a
enfatizar que Dios usó a las mujeres valientes, como Débora, para guiar y
liberar a su pueblo: “Maldecid á Meroz, dijo el ángel de Jehová: Maldecid
severamente á sus moradores, Porque no vinieron en socorro a Jehová, En socorro
á Jehová contra los fuertes. Bendita sea entre las mujeres Jael, mujer de Heber
Cineo; Sobre las mujeres bendita sea en la tienda. El pidió agua, y dióle ella
leche. En tazón de nobles le presentó manteca. Su mano tendió á la estaca, Y su
diestra al mazo de trabajadores. Y majó á Sísara, hirió su cabeza. Llagó y
atravesó sus sienes. Cayó encorvado entre sus pies, quedó tendido. Entre sus
pies cayó encorvado. Donde se encorvó, allí cayó muerto. Y no hay duda que la
jueza Débora lo consiguió, porque, según la Biblia, en su tierra hubo paz
durante los 40 años siguientes.
