LAS
MENTIRAS CONVENCIONALES
Max Nordau
Al
lado de las grandes mentiras, ¿cuántas mentiras pequeñas penetran y envuelven
completamente nuestra vida? Semejantes a microbios llevan a todas partes la
descomposición y podredumbre; pero no puede ser otra cosa si hay que mentir
siempre que se abra la boca en público o se entre en relación activa con las
instituciones políticas y sociales; si se tiene el hábito de hablar siempre y
de obrar de modo contrario a como se siente y se piensa, soportar como algo
natural la contradicción constante entre las convicciones y las formas
exteriores de la vida, a ver en la hipocresía una prudencia mundana y un deber
cívico, ¿cómo se puede conservar un carácter recto, ser sincero en sus
relaciones con los demás hombres y verdadero en la vida privada? Mentimos en el
paseo y el salón, como mentimos en la iglesia, en la reunión electoral, en la
oficina y en la Bolsa.
Todas
las relaciones sociales tienen este carácter de mentira. Dichas relaciones
están fundadas en la sociabilidad y el instinto de solidaridad del hombre; han
venido de su deseo de rodearse de compañeros de su especie y evitar el
aislamiento como estado antinatural. Las formas de las relaciones sociales
dejan aún reconocer este origen; demuestran el placer de los hombres al
hallarse juntos y en mutua simpatía. Cuando vemos a una persona conocida, la
saludamos, es decir, expresamos los votos que hacemos por su prosperidad;
cuando recibimos una visita, nos decimos felices, invitamos a quedarse al
visitante, le comprometemos a que vuelva pronto. Damos fiestas para ofrecer a
nuestros semejantes una ocasión de variados placeres; organizamos banquetes
para regocijarlos, les hacemos regalos; si les sucede algo, alegre o triste,
nos apresuramos a ir a verlos para felicitarlos o consolarlos; si ha pasado
algún tiempo sin que les hayamos visto, los visitamos para asegurarnos de su
salud y preguntarles si necesitan algo. Tal es la significación teórica de las
formas usadas en sociedad. Pero de hecho, casi cada contacto de un hombre con
otro es una hipocresía y una mentira. Deseamos buen día a uno que pasa; y nos
traería sin cuidado saber que al separarse de nosotros habíase roto las dos
piernas; invitamos al que nos visita a que vuelva pronto, y experimentamos al
verle la misma emoción que si tocásemos involuntariamente algún reptil.
Organizamos fiestas, e invitamos a ellas a personas que despreciamos, que
detestamos, de quienes hablamos mal, o que, en el caso más favorable, nos son
indiferentes hasta el punto de que no levantaríamos la mano para procurarles
ningún placer, si pudiésemos hacérselo a tan poca costa. Vamos a las fiestas de
los demás, y charlando tontamente perdemos horas enteras que preferiríamos mil
veces consagrar al sueño; sonreímos con complacencia reprimiendo un bostezo pensó;
dirigimos cumplimientos, de los cuales no creemos una palabra; damos gracias a
la señora de la casa por su amable invitación, mientras en el fondo de nuestro
corazón la enviamos a todos los demonios; aseguramos al amo de la casa nuestra
constante adhesión, y al día siguiente, si viene a pedirnos un favor, casi
damos orden al criado de que le despida. Visitamos a personas a quienes
aborrecemos, sólo porque las debemos visitar; en Pascuas y en otras ocasiones
hacemos regalos, renegando de tener que gastar en ellos el dinero; frecuentamos
con aparente intimidad a personas de quienes pensamos y decimos todo el mal
posible, y que sabemos que nos tratan de igual modo. Como consecuencia de esta
falta de sinceridad, la vida social, que en teoría completa la vida individual
y aumenta el bienestar de todos, se convierte en una fuente de molestia
constante; cada vez que nos ponemos en contacto con nuestros semejantes,
traemos a casa fastidio, descontento, envidia, desprecio confusión, en una
palabra, las impresiones más desagradables y penosas.
Y
sin embargo, el hombre se encadena voluntariamente a estas molestias, y la
mayor parte de los hombres de las llamadas clases superiores, se gastan
completamente en esta vida del mundo, que no puede darles alegrías, estimulantes
ni fuerza moral -cosa que ellos saben-. ¿Qué les impulsa a esta cansada e
interminable comedia, en la cual deben sonreír aun cuando quisieran rechinar
los dientes, y ser amables con personas que les disgustan? El egoísmo, que se
halla en el fondo de todas las instituciones actuales. Este tiene que
conquistar el mundo todavía; corre a fiestas y recepciones, a tertulias y
soirées íntimas, para buscarse conocidos que aspira a transformar en
protectores, para arreglarse un buen matrimonio, para adquirir gloria, para
llegar, por las debilidades y defectos de los demás, con más seguridad y más
cómodamente que podría hacerlo ateniéndose a sus propios méritos. Aquel ha conquistado
ya una posición se condena a las fatigas y sacrificios pecuniarios para intrigar
contra algunos colegas, o simplemente, para disgustarlos, para dar a los demás,
alta idea de su caudal, de su prestigio y de su influencia, para reunir en
torno suyo cortesanos, en una palabra, para satisfacer su vanidad a toda costa.
Estos no ven, entre todos los hombres, más que a una persona, la suya, en la
conversación más animada, mientras hacen como si escuchasen y prestasen oído a
las ideas de los demás y se olvidaran completamente de su persona, no piensan
más que en sí mismos. Asi es como el egoísmo falsea las más inocentes
relaciones de los hombres entre sí, y como todas las formas sociales creadas
por el instinto de la sociabilidad, vienen a ser otras tantas mentiras.

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