Aun
cuando la tradición enseña que el semáforo es la señal de tránsito más conocida
en el mundo, en nuestra particular visión nacional de las cosas, este concepto
cambia un tanto de significado. La presencia del artefacto en las vías públicas
venezolanas no necesariamente inspira la reverencia y el respeto que le suele
ser dispensado en otros países del mundo. Por
lo general, se ve al semáforo más como un obstáculo que como lo que es en
realidad: un valioso auxiliar que permite regular el tráfico en ciertas zonas.
Apenas se divisa alguno en el horizonte, ya desde la lejanía el conductor, en
vez de frenar o disminuir la velocidad, empieza a calcular las probabilidades
que pueda tener a su favor para pasar antes de que cambie a la luz roja.
Es
digna de estudio y admiración la velocidad de cálculo mental aplicada por parte
de los choferes para contar al mismo tiempo los carros que van por delante, los
huecos en la vía, los peatones que se cruzan en la vía, y milagrosamente, poder
encontrar el pequeñísimo espacio por donde maniobrar y traspasar en el último
segundo ese brevísimo intervalo que va de la luz verde a la roja.
De
paso, si por mala suerte le tocara ser de los primeros en la cola a la espera
del cambio de luz, recibirá ocasionalmente los cornetazos y hasta gritos
destemplados de los otros choferes impacientes quienes desde más atrás tientan
la suerte y los nervios del primero de la cola a ver si comete la infracción en
medio de los próximos dos o tres minutos que transcurrirán antes de que llegue
la luz de paso.
Si
no son cornetazos, y con el propósito de añadirle peso a la crisis nerviosa en
desarrollo por la presión de los posteriores en cola, escuchará como en el
colmo del bullying vehicular, los más desaforados empiezan a acelerar
amenazantes sus máquinas, como tratando de intimidar al pobre gallo que tuvo la
mala suerte de ser el primero de la impaciente fila. No sabemos exactamente el
por qué de esta costumbre, pero creemos que debe ser una especie de
reminiscencia freudiana del jueguito infantil con el que retabas al
contrincante al estilo “a que no lo haces”.
No
nos detendremos a hablar mucho de la luz amarilla, pues aunque su propósito
principal es el de advertir la proximidad del “pare”, la gran mayoría la toma
como una extensión innecesaria y superflua del verde, cuando no como un aviso
alarmado y apremiante para aplicar lo más pronto posible toda la potencia del
acelerador antes de la llegada del nefasto rojo.
Por:
Jesús Millán
El
Diario El Tiempo
Venezuela.

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